Introducció

Una de fantasmas buenos

XAVIER THEROS 6 JUN 2007

ARTÍCULO EL PAÍS

Barcelona siempre ha sido una ciudad de fantasmas. Y no va con segundas, hablo de los que dan sustos (los otros dan más grima que otra cosa). Los fantasmas se supone que son seres del otro mundo, que habitan viejos caserones llenos de telarañas. Sin ir más lejos, dando un paseo por el barrio de Gràcia podemos pasar por el 43 de la calle de Francisco Giner, cuyas apariciones conmocionaron la ciudad a principios de 1935. O por la cercana finca de la calle de Torres 20, conocida como la casa del Demonio por la curiosa decoración infernal de su fachada (fruto, dicen, de un pacto satánico que contrajo su dueño).

No obstante, esas fincas decimonónicas, tan queridas por la imaginación popular, no siempre guardan una historia siniestra. Ese sería el caso de uno de los monumentos del modernismo barcelonés: la llamada casa Muley Hafid, sita en el número 55 del paseo de la Bonanova y edificada por el arquitecto Puig i Cadafalch entre 1911 y 1914.

Según la historia, su propietario era un príncipe marroquí que se rebeló contra su hermano el sultán. Apoyado por los franceses, se hizo con el poder en 1908. Pero, como todo lo que sube baja, cuatro años más tarde se vio obligado a abdicar y a iniciar un exilio dorado en Barcelona. Aquí se encargó una gran mansión y mientras tanto se puso a gozar de la noche barcelonesa.

Aquellos años le valieron una gran reputación de millonario excéntrico. Muchas noches cerraba el Excelsior de La Rambla, en compañía del hipnotizador Onofroff, de la popular vedette Mata-Hari y de otro famoso exiliado local, el príncipe Yusupov, asesino del místico ruso Rasputín. Excesos de los que se hizo perdonar regalando a la ciudad la famosa elefanta Julia del zoo (que moriría víctima de la metralla y del hambre en la guerra). Pero en 1917, por imperativo político, el Gobierno francés le obligó a fijar su residencia en El Escorial. Y después en Enghien les Bains, cerca de París, donde falleció en 1937. En esos 20 años la casa estuvo cerrada, esperando en vano a su dueño. Hasta que, durante la Guerra Civil, pasó a ser un orfanato. Un orfanato por el que pasaron mi madre y mi tía, huérfanas de padre y con su madre dada por muerta.

Cuentan ellas, con ese desparpajo de las mujeres de su edad, que durante su estancia allí pasaban cosas raras. Una profesora, tras un concierto de música soviética, enloqueció (no se sabe si por la pésima interpretación o por lo aburrido de los himnos patrióticos). Y un cocinero, después de ver un aparecido en el segundo piso, salió gritando al jardín, arrojándose tierra y arena a la cara como un poseso, bajo una terrible tormenta, hasta que fueron a buscarle del manicomio. Durante aquellas noches, mi tía (que nunca ha sido sonámbula) se levantaba de la cama en trance, abría un armario y se ponía a hablar con un ser desconocido. Y dice mi madre que lo hacía en árabe (o lo que ella creía que era árabe…).

Resulta difícil establecer lo que ocurría en realidad en la casa. No es raro que durante una guerra la gente se vuelva loca. Quizá por eso, teñida de malos recuerdos, al terminar la contienda la cerraron de nuevo y en toda la Bonanova se empezó a especular sobre ella. Según parece, se veían luces extrañas en sus ventanas, a las que se asomaban sombras siniestras. Se rumoreaba que entre sus paredes se había producido un crimen y que la víctima intentaba comunicarse con los vivos para denunciar al culpable. Las vecinas cuchicheaban y comentaban que algún vagabundo, buscando refugio entre sus paredes, había fallecido del susto. A resultas de lo cual, sin mucha publicidad, la casona comenzó a forjarse una macabra reputación. Se llenó de gatos y de suciedad, fue sede de los okupas durante la transición y los pisos de los alrededores costaban de alquilar (¿los espíritus, el precio o el vecindario alternativo?). Hasta que, hará unos tres años, se convirtió en la flamante sede del consulado de México en Barcelona.

No consta que desde entonces se hayan producido nuevos fenómenos. Aunque, para su tranquilidad, si le preguntan a mi madre les dirá que el fantasma era una bellísima persona (es un decir). Un día, poco antes de que los franquistas entraran en Barcelona, le rogó al alma en pena que le devolviera a su familia. Y mi abuela reapareció, extremadamente delgada y convaleciente del tifus. Viuda, con siete hijos desperdigados y sin domicilio fijo, fue a buscar a las dos niñas. Cuenta mi madre que al verla aparecer no la reconoció hasta que mi abuela se echó a reír. Desde entonces, en mi familia, el espíritu que habitaba el palacete modernista adquirió el estatus de un tenebroso Papá Noël que les había vuelto a reunir. Un espíritu que ahora, con la vieja casona restaurada y convertida en consulado, debe de estar velando por otros exiliados, por los nuevos emigrantes que llegan a esta ciudad. Quién sabe si buscando la forma de reunirlos también con sus familiares.

Anuncis
Aquesta entrada ha esta publicada en Uncategorized. Afegeix a les adreces d'interès l'enllaç permanent.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s